Pongamos que el viento sopla contra la marea. Pongamos que chocan.
Pongamos que tu vida y la mía se mezclan. Pongamos que vibran.
Y pongamos que tú alguna vez me has querido, que alguna vez fuiste sincero, y que aquellos besos que una vez salieron de la humedad de tus labios fueron más que eso.
Pongámonos tiernos; que cuando me sonreías lo hacías con el corazón, que tus miradas estaban llenas de admiración. Que tú también recuerdas nuestras conversaciones, nuestras risas, nuestras citas, tus «bájate, morena», mi eterna sonrisa. Que gracias a mi ingenuidad seguiré esperando tu cambio.
Pongámonos serios; que tus dedos acariciando suavemente mis muslos y haciéndome estremecer no eran solo un juego, que sólo tú sabías cómo domarme. Que era perfecta para tí, tú demasiado para mí, qué éramos perfectos así.
Pongámonos tristes; que nadie más me hará sentir como me hiciste sentir aquella noche, noche de mordiscos, besos y demás perversiones. Que cuando escuche tu nombre sólo podré acordarme de tu lado bueno. Que lo nuestro sólo habría funcionado si no hubiéramos sido tú y yo. Y que a pesar de todo te seguiré esperando por mi estúpida ingenuidad.